Annia García García, Secretaria de Promoción Política de la Mujer.

Ninguna agresión debe permitirse; nunca. Ésta es la premisa que debe regir nuestras interacciones en todos los espacios: el hogar, el trabajo y la esfera pública. Venga de donde venga, de cualquier entorno, o de cualquier persona —sin importar su posición o cercanía—, la violencia jamás es justificable.

El 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, no existe para relatar historias individuales, sino para abrir conciencia sobre una verdad que cruza edades, contextos y territorios.

Es un día para reconocer que la violencia no siempre deja marcas visibles, pero siempre deja un antes y un después en la vida de quien la enfrenta.

Hoy, es un día para reflexionar, para dejar de minimizar lo que hiere, para acompañar sin juzgar, para nombrar lo que tantas veces se calla, para entender que no basta con un día: la conciencia debe sostenerse todos los días.

Es por ello que desde la trinchera del servicio público, debemos ser enfáticos: es fácil caer en el error de buscar atenuantes o excusas, pero la verdad es sencilla: dañar a otro no tiene justificación.

Para muchas mujeres, existe una capa adicional de dificultad: la vergüenza o el miedo de reconocer que alguna vez fuimos parte de una situación que jamás debió ocurrir. Guardar silencio se percibe a veces como la salida más fácil, como un intento fallido de proteger la propia paz.

Sin embargo, quiero ser enfática: denunciar —aunque duela, aunque genere incomodidad— también es un acto de profunda responsabilidad cívica y personal. Siendo necesario romper el ciclo de la impunidad:

Al alzar la voz, cortamos la cadena, evitamos que esa misma situación de agresión se repita con otras víctimas en el futuro, convirtiéndose en un compromiso con la justicia. Asimismo obligamos a quien agredió a enfrentarse a las consecuencias de sus actos y, esperamos, a reflexionar seriamente antes de dañar a alguien más.

Denunciar o, simplemente, ponerle nombre a la agresión, es mucho más que un acto individual. Es articularse con su red de apoyo y es, también, demandar a las instituciones que refuercen los mecanismos de protección. Es un acto de empoderamiento puro.

Poner límites no es un acto de egoísmo, sino de supervivencia y dignidad. Es dejar meridianamente claro que: La dignidad humana no se negocia bajo ninguna circunstancia. Es nuestro deber, como sociedad y como gobierno, protegerla.

No hay cariño, ascenso, o relación que valga la pena si viene acompañado de violencia. La línea roja es clara: el respeto a nuestra integridad física y emocional no está a debate. Si has estado en esa situación, recuerda que tu voz es tu arma más poderosa. Nuestro compromiso es contigo y con la construcción de un entorno donde la violencia simplemente no tenga cabida.

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