Gabriela Godínez García

 

“Fue una promesa entre vivos. Él muerto y yo vivo. Nadie me escuchó, pero yo lo prometí. Y aquí está su libro”.

 

Así define Hissam Abdala Majamad el significado más profundo de su obra El cedro y la flor: el cumplimiento de una promesa hecha a su padre en el momento de su muerte.

 

El escritor relató que su padre falleció en Veracruz, durante un carnaval, sin que pudieran encontrar un médico que lo atendiera a tiempo. En ese instante, tomó su mano y le juró que algún día contaría su historia. Tardó 50 años en decidirse a escribirla. Cuatro años más en concretarla.

 

La novela narra la vida de su padre, nacido en 1893 en el Líbano, cuando la región estaba bajo el dominio del Imperio Otomano, que controló el Medio Oriente durante más de 400 años.

 

Recuerda en el texto que su padre tenía 17 años, ante el derrumbe del imperio, su abuelo tomó una decisión radical: vender sus escasas pertenencias —ocho borregos y tres chivas— para enviarlo a América.

 

En la novela relata como el joven caminó seis días hasta Beirut. En su primer intento de escape fue capturado. La pena era fusilamiento. El día que llegó a prisión, cuatro jóvenes fueron ejecutados por intentar huir. Al día siguiente sería su turno.

 

Majamad añadió que, en el momento previo al fusilamiento, su padre se desmayó. La ley militar prohibía disparar a alguien inconsciente, lo que le salvó la vida.

 

Logró escapar en un segundo intento y abordó un barco rumbo a América. Durante la travesía, los enfermos eran arrojados al mar para evitar “una carga más”. Sobrevivió hasta llegar a La Habana, pero decidió no desembarcar al ver la ciudad amurallada. “Si están amurallados, es porque hay guerra”, pensó.

 

El autor destaca que la enseñanza central del libro es la resiliencia. Su padre llegó a México sin hablar el idioma, sin conocer la comida, enfrentando un clima radicalmente distinto al de su pueblo natal, donde nevaba seis meses al año. En Veracruz lo esperaban temperaturas de hasta 50 grados bajo el sol.

 

“No conocía el chile, la tortilla, el frijol negro, el mango o la piña. No conocía nada. Y aun así salió adelante”, comparte Majamad.

 

Por ello, cuando imparte conferencias a jóvenes y escucha frases como “no se puede”, responde con firmeza: “¿Cómo que no? Un hombre con todo en contra pudo. Tú que tienes casa, comida, techo y una madre que te quiere, claro que puedes”.

 

El título de la obra es profundamente simbólico: “El cedro es mi padre y la flor es mi madre”, explica.

 

Tras enviudar en México, su padre regresó al Líbano para casarse con una mujer de su pueblo. De esa unión nació Hissam Abdala Majamad, quien vino al mundo en Córdoba, Veracruz.

 

Aunque su vocación literaria comenzó desde los 17 años —ha escrito más de 1,200 poemas—, publicar este libro no fue sencillo. “En decidirme me costó 50 años”, admite. La responsabilidad de sostener a su familia pospuso el proyecto hasta su retiro.

 

Para Hissam Abdala Majamad, participar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara representa un logro personal y profesional. Este es su tercer año consecutivo asistiendo al encuentro literario más importante en español.

 

“Es una experiencia de vida. Encontrarme con autores que luchan por transmitir su herencia y su experiencia es invaluable”, afirma.

 

Y concluye con una certeza: aunque algún día no tenga libro que presentar, seguirá asistiendo. Porque más allá de la publicación, El cedro y la flor es memoria, identidad y una promesa cumplida.

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