Edith Roque

 

En Jalisco, muchas de las respuestas a los problemas sociales no nacen en los escritorios gubernamentales ni en los planes sexenales. Nacen en el territorio, en la cercanía cotidiana con comunidades que viven la desigualdad, la violencia, el rezago o la exclusión como una experiencia diaria. Ahí operan las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC), un actor que durante años fue subestimado y que hoy resulta indispensable para comprender cómo se sostiene, en la práctica, el interés público.

Las OSC en Jalisco funcionan como entidades sin fines de lucro que articulan esfuerzos con el gobierno y el sector privado para atender necesidades sociales, acompañar a grupos vulnerables y promover el desarrollo local. Su papel ha evolucionado: pasaron de ser vistas como auxiliares ocasionales a convertirse en aliadas estratégicas en la ejecución de políticas públicas, en la promoción de la participación ciudadana y en la vigilancia social de la acción gubernamental.

Uno de sus aportes más visibles es la asistencia social y comunitaria. Las OSC llegan donde el Estado no siempre alcanza: en contextos de emergencia, en zonas marginadas, en poblaciones que desconfían de las instituciones o que han sido históricamente invisibilizadas. Apoyan a niñas, niños y adolescentes, a mujeres, personas mayores, comunidades indígenas, personas con discapacidad y víctimas de violencia. Lo hacen con una lógica de proximidad y acompañamiento que difícilmente puede replicarse desde una estructura burocrática centralizada.

Sin embargo, reducir a las OSC al asistencialismo sería un error. En Jalisco, muchas organizaciones han asumido un rol activo de incidencia en política pública. Participan en el diseño, seguimiento y evaluación de programas sociales; dialogan con los tres poderes del estado; documentan fallas estructurales y proponen mejoras basadas en evidencia territorial. Esta función crítica —a veces incómoda— es una de las expresiones más sanas de la vida democrática: sin sociedad civil organizada, la política pública pierde sensibilidad y se vuelve autorreferencial.

Otro eje fundamental es el fortalecimiento del tejido social. Las OSC construyen capital social donde hay fragmentación, promueven la participación ciudadana donde hay apatía y generan alianzas donde antes predominaba la competencia. En un contexto marcado por la polarización y la desconfianza institucional, esta labor resulta clave para sostener la cohesión social y abrir espacios de corresponsabilidad entre ciudadanía y gobierno.

El propio sector ha entendido que la buena voluntad no basta. Por ello, el desarrollo institucional se ha vuelto una prioridad: capacitación, profesionalización, mejora de procesos, transparencia y rendición de cuentas. Las OSC más sólidas son aquellas que han apostado por estándares técnicos y éticos elevados, conscientes de que la legitimidad social se construye también con prácticas responsables.

En Jalisco, este ecosistema se articula formalmente a través del Comité para el Fomento y Participación de las Organizaciones de la Sociedad Civil, que mediante su Secretaría Ejecutiva gestiona el Registro Estatal de OSC, promueve el cumplimiento del marco legal y coordina acciones de apoyo. Su existencia reconoce algo esencial: la sociedad civil organizada no es un actor accesorio, sino parte del entramado público que sostiene al estado democrático.

Los retos, no obstante, persisten. Aún hay visiones gubernamentales que conciben a las OSC como ejecutoras baratas, beneficiarias de apoyos discrecionales o voces incómodas que es mejor neutralizar. También existen desafíos internos: fragmentación, competencia por recursos escasos y dificultades para construir agendas comunes. Superar estas tensiones exige madurez institucional y una relación más horizontal con el Estado y el sector privado.

Jalisco enfrenta problemas complejos que no admiten soluciones simples. La evidencia es clara: las políticas públicas funcionan mejor cuando se construyen con la sociedad, no a espaldas de ella. Ignorar o debilitar a las OSC no reduce costos; los multiplica.

Las organizaciones de la sociedad civil no sustituyen al Estado ni al mercado. Lo que hacen es recordar que el desarrollo no se decreta y que la legalidad sin legitimidad social es frágil. En tiempos de desgaste institucional, las OSC representan algo más que solidaridad: representan capacidad social organizada para sostener lo público y darle sentido democrático.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *